EL HOYO, realidades distópicas

Una película brutal, fiel metáfora de nuestras sociedades

El hoyo (Netflix) – Actúan: Ivan Massagué, Zorion Eguileor, Antonia San Juan, Emilio Buale, Alexandra Masangkay, Eric Goode, Algis Arlauskas, Miriam Martín, Óscar Oliver – Música: Aránzazu Calleja – Fotografía: Jon D. DomínguezGuión: David Desola, Pedro Rivero –  Dirección: Galder Gaztelu-Urrutia

El paradigma del séptimo arte está cambiando. Hasta hace muy poco, cualquier película, para ser considerada respetable, debía ser estrenada en una sala de cine. Las producciones destinadas a la televisión quedaban relegadas a una categoría secundaria. Esta realidad fue modificada recientemente por las plataformas de videos en línea.

La primera película en revolucionar estos parámetros fue Roma, del mexicano Alfonso Cuarón. Por primera vez en la historia de la Academia de Hollywood, en la 91° edición de los premios Oscar, una producción originada en el sistema de streaming, filmada en blanco y negro y hablada en un idioma diferente del inglés, tuvo diez nominaciones y chances de llevarse el premio mayor.

Finalmente Cuarón se llevó tres estatuillas, al mejor director, mejor fotografía y mejor película extranjera, aunque perdió el Oscar a la mejor película. Pero Roma además sentó un precedente para que más tarde El irlandés (Martin Scorsese), Historia de un matrimonio (Noah Baumbach) o Los dos Papas (Fernando Meirelles), entre otras producciones surgidas también de la factoría Netflix, se contaran entre los títulos más ternados de la siguiente temporada, incluso cuando finalmente los premios se los llevaran otros.

Lo cierto es que, en las últimas semanas, otra película de Netflix comenzó a copar la atención del público. Se trata de El Hoyo, del español Galder Gaztelu-Urrutia, estrenada en Netflix, un trabajo que propone una distopía fantástica, centrada en una especie de cárcel dispuesta de manera vertical, que aloja tanto prisioneros como voluntarios que aceptan pasar un tiempo allí a cambio de recompensas.

En cada celda hay dos ocupantes. No hay rejas, sino cuatro paredes de hormigón y un gran pozo central, a través del cual diariamente sube y baja una plataforma repleta de comida. El punto es que los prisioneros que ocupan el nivel más alto de la prisión reciben un banquete colmado de manjares; pero luego, a cada uno de los niveles inferiores solamente llegan las sobras que van dejando, un nivel tras otro, los prisioneros que se encuentran por encima de ellos.

Tanto los prisioneros como el espectador desconocen cuántos niveles existen en este particular complejo penitenciario, aunque con seguridad son más de doscientos. Lo concreto es que mientras los presos de las celdas superiores se atiborran de comida, los de abajo literalmente mueren de hambre. En esta jungla vertical de cemento se diferencian así dos clases de personas: los que están arriba y los que están abajo.

Como detalle adicional, cabe señalar que cada treinta días todos los prisioneros son cambiados de nivel, de manera azarosa. Quien está arriba puede bajar, y el de abajo subir, si logra sobrevivir lo suficiente. Por supuesto, no todos lo logran: algunos son devorados por sus compañeros de celda, en tanto otros se arrojan al vacío del pozo central, para poner punto final a su agonía.

Con una estética que por momentos remite a la película El Cubo (Vincenzo Natali, 1997) o al film de culto Delicatessen (Jean-Pierre Jeunet, 1991), El Hoyo probablemente no esté a la altura de los Oscar. Pero genera una sensación de encierro que explica en buena medida la fascinación que ha provocado en el público de distintos países, precisamente en estos momentos en que tantas personas, en diferentes naciones, han debido encerrarse siguiendo las cuarentenas obligadas por la pandemia del covid-19.

Como parte de un efecto psicológico absolutamente natural, observar a quienes enfrentan una situación de encierro mucho peor, incluso tratándose de una ficción, produce una sensación de tranquilidad. Sirve para corroborar que uno no está tan mal, después de todo. Por el momento nos ha tocado en suerte un nivel alto.

Pero El Hoyo también es un espejo en otro sentido. Se trata de una metáfora demoledora, que revela algo terrible propio de nuestra cultura, o acaso de la naturaleza humana, según como cada quién desee verlo. La película tiene escenas brutales, pero hay una particularmente terrible, en la cual el compañero del personaje central, después de haber comido, cuando la plataforma ya desciende al nivel inferior, escupe y orina hacia el hoyo, sobre la comida que van a recibir los demás. En ese momento tiene lugar el siguiente diálogo:

– ¿Por qué ha hecho eso?
– Para que se lo coman los de abajo.
– ¿Y si los de arriba hacen lo mismo?
– Ya lo habrán hecho, hijos de puta.
– …
– Los de abajo están abajo.
– Pero el mes que viene puede que estén arriba.
– Sí, y entones nos mearán a nosotros, hijos de puta.

No existe una sospecha, sino directamente una certeza en cuanto a que los demás deben ser vistos como contrincantes, como enemigos. El otro aparece como un adversario: es el que se come mi comida, el que me me joderá cada vez que pueda. Jodamos entonces nosotros a quienes podamos, por las dudas, en venganza por lo que ellos de seguro nos harán a nosotros mañana, si tienen la ocasión de hacerlo.

Se trata, claro está, de una profecía autocumplida. La solidaridad o la empatía no se vislumbran como alternativas posibles. Y lo verdaderamente brutal de todo esto es el modo en que nos revela. La ficción de la película amplifica una realidad que podemos ver todos los días en cualquier periódico, en cualquier esquina, en cualquiera de nuestras calles.

Lo reconozcamos o no, como sociedad, todavía somos los que meamos a quien está debajo de nosotros. Simplemente porque está debajo; porque podemos; porque de ese modo tenemos al menos la fugaz satisfacción de sentir por un rato que somos los que estamos arriba, ejerciendo desde allí nuestra modesta cuota de poder despótico.

Si una película como El Hoyo logra que siquiera unas pocas personas se vean a sí mismas como en un espejo, y comenzaran a partir de allí a cambiar su modo de ser en el mundo, podrá o no ser candidata a un Oscar, pero ya con eso se habrá convertido en un film que valga la pena ver. Germán A. Serain

 

Netflix – El hoyo

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3 Comments

  1. Imaginemos una pirámide hecha de copas de cristal. En la base hay muchas copas; en la cúspide de la pirámide, es una única copa la que recibe un burbujeante líquido, que al momento de rebalsar comienza a volcarse hacia las copas que se encuentran inmediatamente debajo. Esta imagen es la representación más habitual de lo que se conoce como la teoría del derrame. Se supone que, tarde o temprano, todas las copas, incluidas las de la base inferior, se terminarán llenando. Claro que para que esto ocurra es necesario que la cantidad de líquido que se vierte en la cima de la pirámide sea suficiente. De lo contrario, el derrame cesará antes de que las copas inferiores lleguen a recibir una sola gota.

    Esta representación de la teoría del derrame es atractiva porque es inocua: solo hay copas y champagne. La película El Hoyo impacta por ser una representación mucho más cercana a la realidad social, con elementos adicionales propios de la subjetividad, como los afectos, el hambre, la frustración, el dolor, diferentes formas de violencia. Y la evidencia de que lo que se derrama nunca es ni será suficiente, por fuera de la teoría, para llegar a cubrir las necesidades de todos.

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