CANCELACIONES, entre luces y sombras

Tosca en Buenos Aires, fútbol en Quatar y un mismo dilema: llamarse o no a silencio

Dos hechos aparentemente dispares nos llevan a hablar nuevamente de las cancelaciones. Por un lado, tenemos la sede escogida para el campeonato mundial de fútbol: Quatar es un país rico, pero cuestionado hasta el cansancio por su pésima calidad en lo que a libertades y derechos humanos se refiere. Las leyes le sirven al Estado para reprimir a quien se atreva a insinuar posiciones críticas, y es notorio el retraso del país en lo que se refiere a las libertades individuales, en especial de las mujeres, por no hablar de las personas con orientaciones sexuales divergentes. El Código Penal considera un delito las relaciones sexuales consentidas entre personas de un mismo sexo, que son penadas con cárcel, al igual que las relaciones heterosexuales fuera del matrimonio. Las mujeres necesitan el permiso de un varón para casarse, pero también para estudiar, viajar, tener un empleo público o acceder a atención médica en lo relativo a la salud reproductiva.

La Confederación Sindical Internacional asegura que 50 obreros murieron y otros 500 sufrieron heridas durante la preparación de las instalaciones mundialistas, tras haberse visto obligados a trabajar “en condiciones de moderna esclavitud”. Sin embargo, el diario británico The Guardian habló de 6.500 trabajadores migrantes fallecidos, quienes al tener prohibido formar sindicatos quedan afuera de las cifras oficiales. Por su parte, Amnistía Internacional tiene documentados innumerables casos de juicios sin garantías, con denuncias de tortura y malos tratos hacia los encausados y confesiones obtenidas por coacción.

Ante este estado de situación, varios artistas internacionalmente reconocidos se ocuparon de hacer visibles estos hechos a través de su negativa a ser contratados o cancelaciones para la ceremonia inaugural. “Me ofrecieron más de un millón de dólares para cantar, pero lo rechacé porque no me pareció decente ir”, declaró Rod Stewart, reconocido entusiasta del fútbol. Los mismos pasos siguieron Shakira y la cantante Dua Lipa, quien dijo que no pisaría Qatar hasta que el gobierno cumpliese el compromiso de respetar los derechos humanos fundamentales. Quien desentonó fue Maluma: el colombiano aceptó la oferta por cantar en la inauguración del torneo, y se retiró molesto de una entrevista cuando le preguntaron sobre la moralidad de su decisión.

Por supuesto, el debate no es nuevo, ni se limita a los artistas. Ya en 2018 se cuestionó la calidad democrática de Rusia, la anterior sede mundialista. Y resulta imposible no traer a colación el horror que se vivía en la Argentina de 1978, cuando la dictadura militar intentó encubrir sus atrocidades a fuerza de fútbol. En aquel momento, al terminar el partido final, los jugadores holandeses tuvieron el gesto digno de negarse a saludar a los integrantes de la junta de gobierno durante la entrega de premios. Ante el recuerdo de aquel gesto, todavía hoy hay quienes se preguntan si la mera participación en el entusiasmo mundialista por parte de jugadores y público no tuvo algo de complacencia, y si un boicot general no hubiese sido mejor y más digno.

Resulta claro que es difícil detener ciertas maquinarias. Si hablamos del mundial en Quatar, no se trata solamente del entusiasmo de los aficionados ni de la competencia deportiva: una inversión de 200.000 millones de euros es un argumento demasiado fuerte. Sin contar los sobornos, que nadie denuncia, pero de los cuales todos hablan. Además, siempre habrá Malumas dispuestos a cubrir los lugares que otros, por convicción moral, dejen vacantes.

Matar a Scarpia pero amar a Putin

Por desvinculado que pueda parecer, el tema en cuestión también atraviesa el mundo de la ópera y la música clásica. La reciente guerra desatada por Rusia en Ucrania llevó a una serie de cancelaciones en todo el mundo, algunas de las cuales resultan absurdas, y otras, en cambio, más que respetables. Así, por ejemplo, en La Scala de Milán se debatió la conveniencia de limitar o no en la programación la presencia de obras emblemáticas de la cultura rusa. Con buen criterio, la conclusión fue clara y la temporada próxima abrirá con la ópera Boris Godunov. Y es que ¿cómo podría acusarse a Mussorgsky de ser cómplice de las políticas de un dictador que ni siquiera había nacido cuando él elaboró sus obras? Del mismo modo, el hecho de que un artista haya nacido en Rusia no lo convierte de manera automática en un defensor de la guerra. 

Distinto es el caso de aquellos artistas que se han embanderado de manera voluntaria –se diría que a menudo incluso entusiasta– a favor de un régimen totalitario, como podrían ser, en este caso, el director Valery Gergiev o la soprano Anna Netrebko. Ambos han dado a menudo muestras de fervoroso apoyo al presidente ruso Vladimir Putin

Mientras escribimos estas líneas, el Teatro Colón se prepara para dar cuenta de una serie de representaciones de la ópera Tosca, de Giacomo Puccini, y la directora a cargo de la orquesta, Keri-Lynn Wilson, de origen ucraniano, se convirtió en el eje de una polémica al negarse a dirigir a la cantante rusa en el rol protagónico. Su negativa no tiene que ver con la nacionalidad de Netrebko, sino con su apoyo público al régimen oficial ruso, del cual recién en los últimos meses tomó alguna tímida distancia, sin demasiada convicción, para atenuar un poco esta clase de conflictos en los grandes escenarios internacionales.

Es interesante que esto suceda mediando precisamente una ópera como Tosca, que no es tanto una historia de amor entre la protagonista y el pintor Cavaradossi, como un abierto alegato en contra de las dictaduras. Floria Tosca asesina al villano Scarpia, para defender los ideales libertarios de su amado. Menuda contradicción: aquí la cantante que interpreta el rol principal no ha dudado en mostrar su abierta simpatía por el líder de un régimen político despótico, responsable además de un conflicto fratricida donde los crímenes de guerra cometidos contra el pueblo ucraniano vienen siendo moneda corriente. 

Sorprenden los comentarios contrarios a la decisión de la directora que apuntan a que no debería mezclarse el arte con la política. Quienes sostienen semejante absurdo no han comprendido uno de los elementos centrales del arte en general. Y del género operístico en particular, porque la ópera suele tener como eje central la política, ya sea que hablemos de Mozart, de Verdi, de la Leonora de Beethoven o de tantos otros títulos. Pero Tosca en particular tiene un contenido político explícito indudable. ¿Cómo el arte no va a tener que ver con la política? Esas son estupideces. Desvincular esta ópera de Puccini de la política es como ver en el Guernica de Picasso apenas un conjunto de líneas y formas bonitas. Es un modo de borrar lo que la obra busca denunciar. 

Hace apenas unos días, en la Feria del Libro de Miami hubo una mesa redonda en relación a las cancelaciones, que muchos identifican con una forma de censura, en tanto son presentadas por otros como parte de un esquema de corrección política. Hemos escrito en su momento en contra de la corrección política, y seguimos sosteniendo todo lo allí manifestado. Sin embargo, también entendemos que ciertos silencios son una manera efectiva de levantar la voz, así como una manera moral de expresar una posición en relación a determinados temas sensibles. En este sentido celebramos a quienes no aceptaron ser parte del actual mundial de fútbol, y entendemos que Kery-Lynn Wilson encarnó el sentido de Tosca mejor que sus críticos: las complacencias no se llevan bien con las dictaduras. Y un modo de resistir es negarse a compartir la mesa, como si nada pasara, con el déspota o con quien se ha declarado su amigo. Germán A. Serain

Nota: La ilustración del artículo se corresponde con una obra de Bansky en la ciudad de Borodyanka, en Ucrania, una de las zonas más devastadas por los bombardeos llevados a cabo por Rusia.

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