BUENOS AIRES, demoliciones

La desidia del desentendimiento

Un viaje en colectivo nos lleva por Av. Pueyrredón hacia la zona de Recoleta cuando de repente, justo un par de cuadras antes de cruzar Av. Santa Fe, vislumbramos por la ventanilla una imagen que nos impulsa a bajar antes de lo previsto. Desandamos algunos pasos y allí está: un rostro de mampostería, en una vieja pared, invisible para la mayoría de los transeúntes que caminan apurados por allí, pero todavía presente para quien esté dispuesto a observar.

Es el único resto que queda de una antigua construcción que ya no existe, que ha desaparecido bajo el rigor de la picota, los negocios inmobiliarios y el desentendimiento de las autoridades de la Ciudad de Buenos Aires, que no le reconocen valor alguno al pasado. Observo ese rostro antiguo, delicado, poético, que muy pronto desaparecerá también. Le saco una fotografía, pues sus rasgos me parecen hermosos y deseo conservarlos de alguna manera. Pero ya se sabe: todo lo hermoso en algún lugar también nos duele.

En este caso duele pensar en el desinterés, en la desidia, en esa vieja casa demolida, como tantas otras. En la falta de respeto por la propia identidad y por la historia. Pienso en las multitud de cosas que habrán visto esos callados ojos de piedra que aguardan resignados los golpes del martillo que los harán desaparecer para siempre. Queda un rostro, nada más, mudo testigo de tantas escenas que ya no podrá contarle a nadie. Un rostro que muy pronto será él también polvo y olvido. Como todas las cosas. Como todos nosotros. Y lo más grave es que la culpa es un poco nuestra, de cada uno de nosotros, por permitirlo. Germán A. Serain

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