BLANCANIEVES, reacción en cadena

Un viaje en el tiempo sobre el famoso cuento infantil

El 21 de diciembre de 2020 se cumplieron 83 años desde que Walt Disney presentó Blancanieves y los siete enanitos. Es el primer largometraje animado de la corporación fundada por Disney y el primero de Estados Unidos; también fue la primera película en contar con un álbum de banda sonora. Que Disney lograra realizar esta película fue toda una hazaña para esa época. No solo hubo cuestiones de presupuesto; la opinión generalizada era que nadie se iba a interesar por una película de más de una hora de duración de dibujos animados. Y mucho menos en colores, pues se creía que la gente iba a quedar con la vista afectada. O se temía que la gente se aburriría y se iría de la sala. Pero contra todos los pronósticos, el estreno fue un rotundo éxito. Fue en el Carthay Circle Theater de Los Angeles, demolido a fines de los sesenta. Semanas más tarde, el largometraje se exhibió a nivel nacional, con igual éxito. La película, la más taquillera hasta la aparición de Lo que el viento se llevó en 1939, fue nominada al Oscar por mejor música en 1938, y un año después Walt Disney recibía el Oscar honorífico. Pero ¿quién era Marguerite Clark?

Aproximadamente dos décadas antes, mientras el cine todavía era mudo, el adolescente Walt Disney se ganaba la vida vendiendo diarios en Kansas City, Missouri. Un día, en un alto de sus labores, fue a ver una película en matiné -y la vio dos veces-: Snow White. Es decir, la versión muda de Blancanieves, pero con actores reales. La protagonista: Marguerite Clark, popular actriz de cine mudo equiparable a la célebre Mary Pickford. Marguerite Clark, que al momento de filmarse la película rondaba la treintena, ostentaba sin embargo, un aspecto casi infantil, factor que aunado a su pequeñez (apenas medía 1,50 mts.) hizo que fuera la persona ideal para cubrir el papel.

La película, estrenada en el día de Navidad de 1916 y dirigida por James Searle Dawley, se creyó perdida en un incendio, pero en 1992 el museo de fotografía George Eastman House halló una copia prácticamente completa (con algunas partes perdidas). Entre esta versión en cine mudo y la de Disney, hay algunas diferencias, pero los personajes principales se mantienen: Blancanieves, los siete enanitos, la reina malvada, el príncipe, el cazador. En la versión de Disney, la reina malvada es al mismo tiempo una bruja, pero en la de 1916 son dos personajes distintos.

Cuatro años antes de esta producción, en 1912, Marguerite Clark hacía también el papel de Blancanieves, pero en una puesta teatral en Nueva York. La obra teatral, Snow White, producida por Winthrop Ames, tuvo críticas favorables, y su éxito dio el pie para la película muda de 1916. Pero el viaje en el tiempo no finaliza aquí. Hacia 1812, los célebres hermanos Grimm publicaban la primera edición de sus Cuentos de la infancia y del hogar. El de Blancanieves  (Schneewittchen) es el número 53, y fue revisado varias veces por los Grimm hasta su versión definitiva de mediados de siglo XIX. Los personajes son prácticamente los mismos que en las dos películas y en la versión teatral, solo que los enanitos son anónimos. Pero en este caso, la madrastra/bruja sufre un terrible final: es invitada a la boda de Blancanieves y el príncipe, y como venganza, le ordenan bailar con unas sandalias de hierro incandescente, hasta que cae muerta. Claramente, Disney eligió poner un manto de piedad a la bruja haciéndola padecer un final menos sádico.

Jacob y Wilhelm Grimm fueron los recopiladores de esta (y otras) historias folklóricas. El origen de Blancanieves, como todo cuento folklórico que se precie, es variado. Posiblemente sea más antiguo de lo que se cree y basado en personas reales, no mero producto de la imaginación. Dos historiadores para dos versiones con otras dos “margaritas”: una, la del alemán Eckhard Sander, quien asegura que quien inspiró la historia de Blancanieves fue Margaretha von Waldeck, una bella condesa del siglo XVI, pretendida incluso por Felipe (luego Felipe II de España), hijo de Carlos V; unión que no llegó a concretarse porque la muchacha era luterana. Margaretha tenía una madrastra muy estricta, aunque no se la debe culpar por el episodio de la manzana. Si bien Margaretha murió muy joven y supuestamente por envenenamiento, esto ocurrió años después del deceso de la madrastra.

La otra versión es de un farmacéutico e “investigador de historias”, también alemán, llamado Karlheinz Barthel. En este caso, la agraciada niña habría sido Maria Sophia Margaretha von Erthal, hija de unos nobles alemanes nacida en 1729 en el pueblo minero de Lohr-am-Main, en Baviera. Como era de esperar, la niña quedó huérfana de madre, y su padre no pudo elegir peor cosa que una madrastra que no simpatizaba con sus hijastros. Y aquí viene el detalle sabroso: el regalo de bodas que papá von Erthal le hizo a su nueva esposa. ¿Lo adivinaron? Un espejo de metro y medio de largo, que según se cuenta, reverberaba cuando alguien estaba frente a este y hablaba. El espejo puede verse (y uno puede verse en este) en el castillo de Lohr, hoy museo de Spessart.

Además de la coincidencia de los nombres de la actriz de la película de 1916 y de los de las doncellas que inspiraron la historia, hay una tremenda paradoja. La versión dulcificada que nos ha llegado vía Disney omite un detalle escabroso a ojos de nuestra civilización occidental y cristiana. Los tiernos y simpáticos enanitos que ayudan a Blancanieves eran, en realidad, niños a los que se explotaba en las minas. De hecho, el padre de la condesa von Waldeck era dueño de minas de cobre, y los niños que trabajaban para él vivían en el pueblo de Bergfreiheit (paradójicamente, “la montaña de la libertad”), unos veinte niños por casa. Por otro lado, Lohr es un pueblo minero. Un largo y aguado trecho entre realidad y ficción. Viviana Aubele

Marguerite Clark en silentfilm.org

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