Hay un momento en Wunderkammer en el que el visitante parece entender el truco. Descubre el motor, advierte los mecanismos, reconoce la pantalla y los dispositivos que ponen cada pieza en funcionamiento. Nada pretende ocultar su condición de artificio. Sin embargo, unos segundos después, vuelve a olvidar todo eso. Espera que una máquina reaccione, que un piano toque por voluntad propia, que una flor responda una pregunta. Nicola Costantino no busca engañar al espectador. Consigue algo más difícil. Hace que, por un instante, crea.
Inspirada en las cámaras de maravillas que precedieron a los museos modernos —espacios donde convivían fósiles, instrumentos científicos, animales exóticos y objetos imposibles—, la exposición transforma la Sala Berni del Centro Cultural Borges en un gabinete contemporáneo donde naturaleza, tecnología, teatro y ciencia dejan de funcionar como categorías separadas para mezclarse en una única ficción.
Pero esa ficción nunca es ingenua.
Desde el ingreso, el recorrido propone una lógica cercana a la de una feria de curiosidades. Flor Azteca adopta la forma de un oráculo mecánico. Basta con presionar un botón y formular una pregunta para obtener una respuesta. Un piano vertical interpreta una melodía sin ejecutante visible. Pequeños gabinetes invitan a acercarse para descubrir escenas ocultas. Videos, esculturas cinéticas y dispositivos distribuidos por el espacio desplazan la contemplación frontal hacia una experiencia basada en la expectativa.
No es casual que casi ninguna obra permanezca inmóvil. Más que una exhibición de objetos, Wunderkammer funciona como una coreografía de acontecimientos. El movimiento constituye el verdadero material de la muestra.
El movimiento aparece en motores, engranajes y videos. Está en la forma en que ciertas esculturas parecen a punto de alzar vuelo, en el balanceo de elementos suspendidos, en el recorrido que obliga a desviarse, detenerse o asomarse. También alcanza al sonido: las notas del piano se mezclan con el repiqueteo de perlas cayendo mientras se filtra un tango.
Las piezas reunidas responden a intereses que Costantino desarrolla desde hace décadas: el cuerpo como territorio de transformación, la convivencia entre naturaleza y tecnología, la identidad, la réplica y la fragilidad de lo orgánico. Aquí, sin embargo, esos temas aparecen menos como conceptos que como comportamientos. Las máquinas avanzan con una inquietante reminiscencia animal. Las naturalezas muertas fermentan en lugar de detenerse. Los cuerpos filmados parecen atrapados en un ciclo sin fin. Incluso la figura de la propia artista, duplicada en video, convierte el autorretrato en una conversación entre presencias que no terminan de coincidir.
No esconde los recursos que producen ese efecto de extrañeza. Los motores hacen ruido. Los mecanismos permanecen visibles. La tecnología forma parte del escenario. El artificio no se disimula: se exhibe.
Y, aun así, la ilusión ocurre.
Wunderkammer también tensiona la relación entre misterio y espectáculo. Por momentos, la acumulación de estímulos —movimiento, sonido, luces— amenaza con convertir el asombro en una sucesión de sorpresas. Entonces la muestra desacelera. Aparecen imágenes que obligan a detenerse.
Un cuerpo desmembrado descansa sobre crisálidas de seda. Los ojos inertes de una Nicola Costantino de yeso sostienen la mirada desde el piso. Manos, piernas y pies emergen entre hilos que los conectan con un gran tapiz inconcluso de resonancias barrocas, poblado de flores, jarrones, copas y frutos desbordados. Más adelante, ese mismo cuerpo reaparece en el interior de una casa rodante. Su creadora lo arma, lo cose, lo viste y le otorga una apariencia de vida antes de enfrentarlo a su propia destrucción. Hay algo del gesto de Frankenstein en esa operación, aunque aquí la criatura sigue siendo, al mismo tiempo, una proyección de ella misma.
La artista introduce imágenes de una extrañeza silenciosa que recuperan la pausa y profundizan la experiencia. La muestra encuentra entonces un equilibrio inestable entre la fascinación inmediata y la contemplación.
Al salir de la sala, uno recuerda perfectamente cómo funcionaba cada pieza. Lo extraño es que también recuerda haber olvidado ese dato durante algunos segundos. Tal vez allí resida la cámara de maravillas que construye Nicola Costantino. El mecanismo permanece a la vista. El artificio deja de oponerse a lo vivo para convertirse, inesperadamente, en una de sus formas posibles. Candelaria Penido
Miércoles a domingos de 14 a 21
(hasta 8 de noviembre de 2026)
Wunderkammer
Obras de Nicola Constantino
Centro Cultural Borges
Viamonte 525 – CABA
Entrada libre y gratuita
Sitio Web Centro Cultural Borges
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