SESTETTO STRADIVARI, Brahms y después

Interesante recorrido musical en el ciclo de Nuova Harmonia

Si convenimos que la estética del romanticismo musical se inicia propiamente con Beethoven, coincidente con el arranque del siglo XIX, la evolución natural del movimiento encuentra su heredero en Johannes Brahms. Luego vendrá el postromanticismo, a partir de Richard Wagner, profundizando la idea de exaltar la expresión de la individualidad anímica del artista y una ruptura con las tradiciones formales clásicas. La categorización resulta relativa, pues los cambios en las estéticas del temprano siglo XX son tan dinámicas que se hace difícil establecer etiquetas: el postromanticismo se confunde con la modernidad, con las vanguardias y la búsqueda de nuevos lenguajes, con los nacionalismos, el impresionismo francés e incluso -ya al borde de la contradicción- con el neoclasicismo.

En el caso del programa que ofreció el Sestetto Stradivari para Nuova Harmonia, primero se escucharon dos obras de fuerte impronta postromántica, seguidas de un claro ejemplo del más neto romanticismo alemán. Cuando Richard Strauss compuso su ópera en un acto Capriccio (el autor prefirió definirla como una pieza conversacional para música), en lugar de la habitual obertura orquestal prefirió utilizar como introducción un delicado sexteto para cuerdas. Esa fue la última de las óperas escritas por Strauss, estrenada en 1942, siete años antes de su fallecimiento. La obra inicia con una acción en el castillo de la condesa Madeleine, donde se ensaya precisamente el sexteto en cuestión, convertido aquí en una pieza de concierto.

Ya en este punto pudo apreciarse la calidad del ensamble integrado por David Romano y Marlène Prodigo en los violines, Raffaele Mallozzi y David Bursack en las violas, y Diego Romano y Sara Gentile en los violoncellos, todos ellos miembros de la Orchestra dell`Accademia Nazionale di Santa Cecilia de Roma. Pero fue con Noche transfigurada de Arnold Schönberg donde quedó realmente de relieve la enorme capacidad interpretativa de estos  músicos. Esta obra de Schönberg es cuatro décadas anterior a la de Strauss: compuesta en 1899, está inspirada en un poema de Dehmel que describe el paseo de una pareja a través de un oscuro bosque, iluminados solamente por la luz de la luna. En el curso de ese paseo, la mujer confesará estar embarazada de un extraño, lo cual da lugar a un dramático giro en el devenir de la música. Primera obra de importancia de Schönberg, en este trabajo está presente el espíritu propio del movimiento romántico, todavía con un fuerte lirismo, pero ya es notoria la incorporación de complejas armonías cromáticas que llevan la tonalidad al límite, presagiando el atonalismo que será más tarde característico en el compositor.

La segunda parte del concierto estuvo dedicada a Johannes Brahms, y significó otro salto hacia atrás de casi cuarenta años: el Sexteto para cuerdas Nº 2 en Sol Mayor fue compuesto en 1864 y según algunas biografías estuvo inspirado en una joven cantante llamada Agathe von Siebold, de quien Brahms estaba enamorado. Al parecer el músico llegó a comprometerse con esta joven, pero interrumpió su contacto con ella cuando Clara Schumann enviudó, tras la muerte de Robert Schumann. Dos años después Brahms intentó retomar la relación, pero entonces Agathe lo rechazó para casarse con otro.  De nada sirvieron los ruegos del compositor, pero del desencuentro surgió este bellísimo sexteto para cuerdas, que seguramente resultó catárquico y en esta ocasión fue interpretado con notable pasión y armonía por los integrantes del Stradivari, quienes como bis ofrecieron el segundo movimiento del primer sexteto del mismo Brahms, igualmente precioso.

Dejamos la sala pensando en la estructura cronológica inversa del programa, que nos llevó de lo más a lo menos reciente. Por supuesto, hay gustos para todo, pero sin lugar a dudas sostenemos que cualquier otro ordenamiento hubiese resultado menos efectivo. No es que creamos que todo tiempo pasado por pasado sea mejor. Pero nos vimos forzados a reconocer que el romanticismo de Brahms tiene algo que las restantes dos obras, con lo mucho de interesantes y atrapantes que tienen, no consiguen alcanzar. ¿Cuestión de gustos o sensibilidades? Es muy probable. O tal vez sea que las obras de Strauss y Schönberg exigen ciertas condiciones de escucha y atención (un ámbito más intimista, un silencio más profundo en la sala) que los sextetos de Brahms superan. En cualquier caso fue una propuesta superadora. Germán A. Serain

Fue el 3 de septiembre de 2018
Teatro Coliseo
Marcelo T. de Alvear 1125 – Cap.
(011) 4816-3789
Nuova Harmonia

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