NELSON GOERNER y la SUISSE ROMANDE, equilibrio y monumentalidad

Otro excelente concierto del Mozarteum Argentino

El sonido delicado y solitario de una flauta marca un antes y un después: es el inicio de la presentación de la Orchestre de la Suisse Romande para el primer ciclo de abono del Mozarteum Argentino. La obra, todo un dechado de sutilezas, es el Preludio a la siesta de un fauno de Claude Debussy. Nos gustaría que las luces fuesen más tenues, como en el inicio del concierto que brindó algunas semanas atrás la Camerata de Salzburgo. Es que las luces modifican la capacidad de atención en quienes escuchan.

En este caso la atención es indispensable para seguir el delicado equilibro sonoro con el cual el compositor ha decidido evocar aquel poema de Stéphane Mallarmé que describe la manera en que un fauno, acaso extenuado luego de perseguir ardorosamente a ninfas y náyades, sucumbe al sueño, para concretar allí su deseo en plenitud. Con la equilibrada dirección de Jonathan Nott, la orquesta demostró tener un excelente nivel interpretativo, que no logró ser empañado por el  rumor de un sector del público que pareció no entender que hay obras que exigen un marco de silencio absoluto.

Pero la estrella de la noche llegaría con la segunda obra anunciada por el programa: el maravilloso Concierto en Sol Mayor de Maurice Ravel, que tuvo como solista al brillante pianista argentino Nelson Goerner. El perfil bajo de Goerner, alejado de cualquier clase de espectacularidad, es una constante que a lo largo de los años no ha hecho mella en el reconocimiento de la gente, y por supuesto tampoco en su calidad como artista. El concierto de Ravel es una obra que Goerner viene tocando desde hace ya más de dos décadas, y esta familiaridad pudo notarse en la actitud corporal relajada, por momentos casi festiva, con la que abordó la obra.

La interpretación puso de relieve la mirada del pianista sobre este concierto, integrado -según sus propias palabras- por un segundo movimiento donde ya no existe la noción de tiempo ni de espacio, dejándonos en una especie de atmósfera hipnótica que viene a complementarse con la alegría y la pujanza del primer y tercer movimiento, que califica de implacable. Una sala colmada celebró con una ovación el final de su actuación, que fue coronada con dos bises: el Nocturno Nº 20 de Chopin y Triana, de la Suite Iberia de Isaac Albéniz.

Curiosamente -acaso haya sido por razones de agenda o de contrato- solo los abonados al primer ciclo del Mozarteum pudieron disfrutar de Goerner, pues para el segundo ciclo la orquesta programó el Concierto para violoncello de Dvorák como obra concertante, con el francés Xavier Phillips como solista, y el poema sinfónico Una vida de héroe de Richard Strauss. Otro programa ciertamente, sin discusión, pero que seguro dejó a más de uno con las ganas de escuchar a nuestro pianista sampedrino, radicado desde hace tiempo en Suiza.

La segunda parte estuvo dedicada a la colosal Sinfonía No. 3 de Johannes Brahms, compuesta en apenas cuatro meses del año 1883, algo que no deja de ser notable en el caso de un compositor que demoró una década completa en completar su primera sinfonía, agobiado por el peso de saberse señalado por la crítica de la época como el eventual heredero nada menos que de Beethoven. Como una suerte de karma, y muy a pesar de ser ya para entonces un compositor con un reconocimiento propio, Brahms debió todavía soportar que el director Hans Richter tuviese la ocurrencia de calificar la obra como “la nueva Eroica”, cuando lo cierto es que su trabajo tiene una personalidad y una fortaleza que de ningún modo merecen que se insinúe una emulación beethoveniana. En este caso la orquesta suiza pudo desplegar toda su capacidad sonora, hasta entonces contenida por las características de las dos obras previas, luciéndose en un trabajo que resultó impecable.

La única crítica que deseamos hacer se relaciona con lo inadecuado que nos pareció el añadido de dos bises, gesto que en muchas ocasiones tiende a agradecerse, pero ello siempre y cuando medie cierta sabiduría. Tratándose de una obra monolítica de las características de esta Tercera Sinfonía, lo razonable hubiese sido dejar resonando en el público el final de ese magnífico cuarto movimiento (Allegro-Un poco sostenuto) con el cual la obra llega a su fin. Cualquier nota adicional simplemente tiene el efecto de diluir el rotundo mensaje que Brahms pretendió dejar con su obra, considerada en su conjunto como un todo perfecto y cerrado. Germán A. Serain

Fue el 7 de mayo de 2018
Teatro Colón
Libertad 621 – Cap.
(011) 4378-7100

mozarteumargentino.org

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