NELSON GOERNER, exquisito

El pianista ofreció un mismo programa en dos fechas para el Mozarteum Argentino

Hace poco reseñamos la presentación de un célebre pianista argentino, que nos llevó a reflexionar acerca del vínculo, no siempre coherente, que se establece entre la popularidad y la calidad artística. Esta relación, en la cual los desencuentros resultan frecuentes, puede verificarse no solo en el mundo de la música, o del arte en general, sino en otros contextos. A veces lo que en realidad el público aplaude es una trayectoria, o el recuerdo de un ilustre pasado, o inclusive el resultado de una adecuada campaña de marketing. Solamente en ciertas ocasiones ideales se celebra el resultado de una verdadera expresión artística. En el caso de Nelson Goerner, su perfil bajo no deja lugar a dudas. Lo que se aplaude es un talento extraordinario para comunicar, desde el piano, una sensibilidad musical exquisita.

El programa que ofreció Goerner en sus dos presentaciones para el Mozarteum Argentino comenzó con una pieza barroca: las variaciones de Händel sobre un ritmo de chacona, una danza muy popular de la época. El resto se centraría en la profundidad emocional propia del romanticismo, primero con Robert Schumann y sus Danzas de la liga de David, y luego con una selección de piezas de Frédéric Chopin.

La obra de Schumann -su opus 6- es particularmente interesante, pues se trata de una extensa suite que pone de manifiesto la compleja personalidad del compositor. La Liga de David era una cofradía imaginaria, desde la cual el compositor expresaba sus opiniones estéticas a través de una publicación periódica. La figura de David simbolizaba el triunfo sobre Goliat, que para el caso serían las fuerzas –gigantescas– que todo artista debe vencer a fin de alcanzar su trascendencia. En esta cofradía se resolvían las distintas personalidades del músico, reflejado en varias alteridades. Los dos personajes principales en los cuales Schumann se camuflaba eran Eusebius y Florestán. El primero representaba su faceta soñadora, lírica y apacible, por momentos también infantil; el segundo, por el contrario, marcaba las tendencias más épicas, fogosas y apasionadas. En la suite en cuestión, estos dos personajes aparecen alternativamente como responsables de los diferentes números, con lo cual el pianista se enfrenta ya no a una mera exigencia técnica, sino además interpretativa. Se trata de asumir el desafío de mimetizarse con cada una de estas dos facetas de Schumann al momento de tocar.

De más está decir que Goerner superó airosamente la prueba, que más tarde se extendió a las piezas escogidas de Chopin, que le dieron ocasión de lucir su enorme virtuosismo técnico, en especial durante la ejecución del Scherzo No. 3 Op. 39 y de la famosa Polonesa Heroica, tanto como su capacidad de generar climas expresivos absolutamente sutiles en los Nocturnos Op. 55 Nº 1 y 2. A la hora de los bises, se destacó el Poema Op. 32 Nº 1 de Scriabin y fundamentalmente el Estudio para la mano izquierda de Felix Blumenfeld, que dejó azorado a más de un espectador.

Sin embargo, sería injusto decir solamente que Nelson Goerner es un virtuoso, porque es mucho más que eso. Sería más preciso calificarlo como un artesano de la musicalidad. Tal vez, como un poeta del pianismo. Esto es lo que los espectadores más sensibles pudieron apreciar en estas presentaciones, que ojalá se repitan pronto. Germán A. Serain

Fue el 31 de mayo de 2016
Teatro Colón
Libertad 651 – Cap.
(011) 4378-7109
mozarteumargentino.org

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