Misery – Intérpretes: Julia Calvo y Juan Gil Navarro – Vestuario: Lara Gaudini – Escenografía: Lula Rojo – Música: Martín Bianchedi – Autor: Stephen King – Versión: Daniel Botti y Manuel González Gil – Dirección: Manuel González Gil
Misery, la novela que Stephen King publicó en 1987, quedó grabada en la memoria de varias generaciones gracias a la versión cinematográfica que Rob Reiner realizó tres años después. Llevarla al teatro no es sencillo. Manuel González Gil ya lo había intentado en 1999, con Rodolfo Bebán y Alicia Bruzzo. Casi tres décadas después retoma el desafío con Julia Calvo y Juan Gil Navarro.
La historia conserva su potencia: Paul Sheldon, un escritor que acaba de decidir la muerte de su personaje más célebre, sufre un accidente y queda al cuidado de Annie Wilkes, una enfermera que se declara su fan número uno. Pero Annie no está dispuesta a aceptar el final de Misery Chastain y obliga al escritor a cambiarlo.
La tarea más exigente recae sobre Calvo, que construye una Annie propia, sin apoyarse en el recuerdo de la versión cinematográfica. Comienza como una mujer cálida, casi maternal, y poco a poco deja aparecer su obsesión. El pasaje de la dulzura al delirio está resuelto con oficio, sin golpes fáciles ni gestos exagerados. Es lo mejor de su trabajo. El problema es que la actuación convence más de lo que inquieta: el espectador reconoce a una buena actriz, pero rara vez siente el peligro que la situación debería provocar.
Gil Navarro enfrenta el desafío opuesto. Inmovilizado en una cama durante casi toda la obra, debe sostener la tensión desde el dolor físico y el miedo. Hay compromiso y verdad en su angustia, aunque cierta rigidez en la dicción distrae en algunos pasajes y le resta naturalidad a su interpretación.
La principal dificultad está en la puesta. La escenografía de Lula Rojo —con dos paneles cuyo aspecto remite al plástico y al cartón— no contribuye a crear el encierro que la historia necesita. El frío, el aislamiento y el peligro físico que rodean a Paul quedan más sugeridos por el texto que construidos desde la escena. La música de Martín Bianchedi es casi el único elemento que intenta instalar una atmósfera inquietante, mientras la dirección deja a los actores demasiado solos frente a decisiones que no los favorecen.
Hay, además, una dimensión de Misery que la puesta apenas deja entrever. La obsesión de Annie puede leerse como una metáfora de la presión del éxito: el autor quiere abandonar una fórmula agotada, mientras su admiradora exige que continúe escribiendo aquello que conoce y ama. Más allá del encierro, el verdadero horror está también en la pretensión de convertir el deseo propio en una verdad absoluta y al otro en un instrumento para imponerla.
La historia tiene fuerza, y sus protagonistas encuentran momentos valiosos para demostrarlo. Pero una obra como Misery necesita que esa amenaza se vuelva física, que el espectador sienta el encierro junto con Paul. En esta versión, el terror queda demasiado a menudo en la puerta. Cristian A. Domínguez
Jueves a sábados a las 21.30
Domingos a las 21.15
Teatro Metropolitan
Av. Corrientes 1343 – CABA
Duración: 70 min.
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