LA MÚSICA, poético vaivén

Respetuosa puesta de un texto formidable

LA Mu00daSICA - www.martinwullich.com
Actúan: Débora Longobardi y Ulises Puiggrós – Voces en off: Gabriela Arata, Javier De Nevares y Julia Eva Saggini – Vestuario: Paula Molina – Iluminación: Gonzalo Calcagno – Música: Germán Lozano – Autoría: Marguerite Duras – Dirección: Graciela Pereyra

Marguerite Duras (1914-1996), una de las primeras exponentes de la nueva novela francesa, dramaturga, guionista y directora de cine, escribe en 1965 una primera versión de La música  para la televisión inglesa. La obra, breve pero intensa, transcurre en el lobby de un hotel de las afueras de París durante una noche. Una pareja que se ha separado hace unos años se reencuentra para concluir los trámites de divorcio. A pesar de haber emprendido ambos vidas nuevas de caminos separados, se ven convocados por cierta nostalgia común y quizás por la necesidad imperiosa de dar cierre a una historia por momentos luminosa, por momentos turbia y hasta trágica.

Anne-Marie y Michael se reúnen sobre todo para recuperar, a través del diálogo entrecortado, el pasado de su relación y revelar así los malentendidos y desencuentros, las traiciones y el devenir del deseo amoroso hacia su inevitable fin. Por momentos recuperan su intimidad, por momentos revelan la extrañeza que sentían ya como pareja: se abren y se cierran, se odian y se vuelven a amar.

Dirigida por Graciela Pereyra en la mítica sala 3 del teatro La Comedia, la puesta es sencilla y cuidada, de reverenciosa humildad ante un texto formidable. Las actuaciones de Ulises Puiggrós y Débora Longobardi son prolijas y atentas al detalle tras un buen trabajo de coaching actoral a cargo de Lili Popovich. Los intérpretes logran comunicar el crescendo envolvente que atraviesan los personajes al encarnar textos de una poesía sutil pero bellísima, de expresividad contenida pero, paradójicamente, cargada de sentimiento.

La sala es el ámbito perfecto para recrear el imaginario del hotel, con sus boiseries y el piano que nunca se usa pero enmarca perfectamente a los personajes en sentido contextual y estilístico. La escenografía despojada de Fernanda Díaz, la puesta de luces intencionalmente expresiva y hasta narrativa de Gonzalo Calcagno y la música original de Germán Lozano dan el clima perfecto en que debe abstraerse el espectador para disfrutar y sufrir con los personajes los vaivenes de las olas emocionales en que se van sumergiendo durante la noche.

Al igual que en muchos de sus textos de esta época, Duras es musical en un sentido estilístico y semántico: el texto es dramático pero sobre todo poético, y cada pieza -y a la vez su obra como corpus– es la variación infinita sobre un tema, es cíclica y envolvente, crece y avanza como las olas del mar para volver a pasar por los mismos lugares pero con matices diferentes cada vez. El ritmo musical del texto –acompañado muy bien en este caso por los silencios y la gestualidad minimalista de los intérpretes- está marcado por aquel que recupera la relación entre ellos a medida que se abren y se vuelven a cerrar el uno al otro. Se trata del ritmo que para la autora tienen las relaciones de pareja: la incomunicación es uno de sus grandes temas, así como la transgresión de los mandatos sociales y la pregunta por la posibilidad del amor duradero en el matrimonio.

En La música, la temporalidad –como el vaivén del oleaje marino- se torna densa, como si se tejiera una especie de tela de araña pegajosa que va atrapando al espectador a medida que se dicen las palabras y que se desarrolla ese ritmo musical que acuna pero a la vez hastía. La circularidad tiene que ver también con el dar vueltas en redondo sin poder salir o avanzar del todo, como si sus protagonistas estuvieran siempre signados por la fatalidad de quedar atrapados en el fracaso amoroso y la insatisfacción constante.

Se repite también aquí la idea durasiana del amor como muerte -aquella imposibilidad de amar en sentido experimental-, pues todo amor vivido es la degradación de la idea o el ideal del amor. Para ella “el amor es la pasión, o no es nada”: Duras define al amor desde el deseo y se ocupa aquí, una vez más, de demostrar la inevitable destrucción del individuo tras atravesar las etapas del amor conyugal. Sus personajes aman, pero no a un solo individuo, sino que aman el amor: aman padecer (y en ese sentido es que para la autora el amor es sólo posible en tanto pasión) o estar atrapados por el deseo insatisfecho, que se vuelve motor de vida.

La puesta de Pereyra revela un estudio cuidadoso y respetuoso de un texto que siempre es un placer, pero también un desafío para transitar. Carolina Piola

Viernes a las 21.30
Teatro La Comedia
Rodríguez Peña 1082 – Cap.
(011) 4815-5665
lacomedia.com.ar

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