GIULIETTA E ROMEO, una vez más

Los amantes de Verona en atractiva versión contemporánea del Balletto di Roma

Intérpretes: Luca Pannacci, Azzurra Schena, Raffaele Scicchitano, Simone Zannini, Paolo Barbonaglia, Andrea Ginevra, Giuseppe Paolicelli, Roberta De Simone, Monika Lepisto, Eleonora Peperoni, Cecilia Borghese, Eleonora Pifferi – Música: Sergei Prokofiev – Iluminación: Emanuele De Maria – Coreografía y Dirección: Fabrizio Monteverde

Muchísimas versiones ha originado la tragedia shakespeariana durante los más de cuatro siglos que separan su publicación en 1597 de la actualidad. Óperas, ballets, comedias musicales, películas y varios otros géneros han apelado a las batallas callejeras y palaciegas de Montescos y Capuletos para reeditar la historia de los célebres amantes de Verona.

En materia de danza, la leyenda cobró vida propia con la partitura que Sergei Prokofiev compuso en 1938 para la neoclásica coreografía de Leonid Lavrovski, revisitada luego por Yuri Grigorovich, Birgit Cullberg, Tatiana Gsovsky, Frederic Ashton, Kenneth MacMillan, John Cranko, John Neumeier y Rudolf Nureyev, entre otros monstruos sagrados. En el ámbito del musical, West Side Story de Jerome Robbins con música de Leonard Bernstein es el exponente más logrado.

El Balletto di Roma presentó Giulietta e Romeo para los ciclos Nuova Harmonia e Italia XXI. Se trata de la versión de Fabrizio Monteverde, estrenada en 1987, que ha trasladado la acción a un pueblo no identificado del sur de Italia, en algún momento posterior a la Segunda Guerra Mundial. La inversión de los nombres en el título no es casual: allí, las familias antagónicas son dominadas por las fuertes figuras femeninas, encarnadas por Lady Capuleto, Lady Montesco y la propia Julieta, quien se rebelará ante las convenciones que la atan a una boda no deseada y la obligan a odiar a quien ama.

El espectador no encontrará balcón, pueblo, cripta o palacio medieval en la sintética e inteligente escenografía creada por el propio coreógrafo; tampoco boato en el vestuario. Frente a un fondo gris cuyas ventanas se abren según la necesidad de la escena, basta el gesto y la contundencia de los pasos para poner sobre el tapete la soberbia de ambos bandos. Sin embargo, debemos decir que la potencia dramática se diluye en la profusión de pasos que el coreógrafo concatena, si bien es eficiente la combinación entre lenguaje neoclásico y elementos de danza moderna y contemporánea. La primera parte transcurre así sin mayor trascendencia, y es en la segunda donde la obra repunta notablemente, en concordancia con el mayor desarrollo de la acción.

Excelentes bailarines integran el Balletto di Roma, sexagenaria compañía dirigida por Francesca Magnini. Impecable técnica y espléndidos físicos se conjugan en estos solistas, de los cuales destacamos a Azzurra Schena y Luca Pannacci, que encarnaron con pasión a los protagonistas. Monika Lepisto fue la temible madre de Romeo (Lady Capuleto), airosa ante el desafío de mostrar fortaleza desde su silla de ruedas. El elenco masculino fue notable en general, y Eleonora Peperoni –única con trabajo de puntas además de Giulietta- puso carácter a su papel de Nodriza.

Es comprensible que al no contar con orquesta en vivo deban buscarse registros musicales cuyos tempi sean los más adecuados para la danza, pero nunca debe dejarse de lado la calidad sonora. Por eso, lamentamos que la deficiente grabación utilizada no hiciera honor a la magnífica creación de Prokofiev. Patricia Casañas

Fue el 30 de junio de 2018
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