ARTUR SCHNABEL, rescatando a Schubert

El legado del pianista austríaco a un nuevo aniversario de su nacimiento

Antes de hablar del pianista Artur Schnabel, repasemos algo de Franz Schubert. Cuando murió, en Viena, a los treinta y un años, había dejado una cantidad impresionante de obras: siete sinfonías, óperas, música de cámara, música para piano, lieder, y composiciones para voz. Suman más de un millar. Curiosamente, una de las obras por las que es más conocido, el Quinteto para piano en la mayor “La trucha”, se publicó un año después de su muerte, en 1829, pese a que la fecha de su composición es de una década antes. Hacia 1822 había empezado a componer la Sinfonía No. 8 en re menorInacabada”; las especulaciones sobre el por qué Schubert no la terminó, son diversas.

Schubert era gran admirador de Beethoven y paradójicamente había participado del multitudinario funeral del músico un año antes. El tramo final de la vida de Schubert estuvo marcado por la enfermedad —se supone que sífilis— y, como para compensar la tragedia, por un arranque de creatividad, gracias al cual Schubert nos dejó obras como Die schöne Müllerin en 1823; un año después, RosamundeWinterreise, hacia 1827. Y sus tres últimas sonatas, entre la primavera y el otoño de 1828: la Sonata en do menor D 958, la Sonata en la mayor D 959,  y la Sonata en si bemol mayor D 960.

Al igual que con otras composiciones, Schubert no vivió para ver estas tres últimas sonatas publicadas, aunque sí estrenadas. En septiembre de 1828 ejecutó la trilogía en una reunión en Viena. Pero no hubo mayor interés posterior en estas tres sonatas, y Schubert murió en noviembre de ese mismo año, con ostensible deterioro de su salud. Ferdinand Schubert, hermano de Franz, vendió los manuscritos de las sonatas a Anton Diabelli, que las publicó, no obstante, casi once años más tarde. Estas tres sonatas quedaron en las sombras del olvido durante el resto del siglo XIX. Aunque Schubert reflejaba el estilo de su admirado Beethoven en sus composiciones, se pensaba que las sonatas eran muy inferiores a las del genio de Bonn.

Para el nuevo siglo, las cosas empezarían a cambiar, y se empezó a mirar a las sonatas de Schubert bajo otra lupa, como las composiciones de un músico en la madurez de su vida musical. En Viena, la misma ciudad donde había muerto Schubert, hacia fines del siglo XIX, Artur Schnabel comenzaba, a la temprana edad de cuatro años, su formación musical. Había nacido en abril de 1882 en Lipnik, ciudad del entonces Imperio Austro-húngaro, hoy Polonia, en una familia sin vinculación con la profesión musical. Cuando el niño Artur tenía dos años, la familia en pleno se trasladó a Viena.

En esa ciudad, bajo la tutela del renombrado maestro Theodor Leschetizky, el joven Artur estudió piano. El maestro fue quien lo estimuló a dejar a Liszt a un lado y estudiar más a fondo las sonatas de Schubert, que para ese entonces parecía que iban a seguir condenadas al olvido. Schnabel cumplió un rol clave en la puesta en valor de la música para piano de Schubert: en el centenario de la muerte del compositor, Schnabel interpretó en Berlín la música de Schubert. Entre 1932 y 1950 grabó discos —en 78 rpm— dedicados a estas obras. Para Artur Schnabel, las sonatas para piano de Schubert estaban, según su parecer, entre las obras más grandes de su tipo y que aún comparándolas con las obras de Beethoven perderían aquellas sus cualidades artísticas o estéticas.

A Schnabel, el maestro Leschetizky le había vaticinado que no sería “pianista, sino músico”. Paradójicamente, y tal como sucedió con Schubert durante algún tiempo, Artur Schnabel parece ser un artista olvidado, y su faceta de compositor no es demasiado conocida. No obstante, gracias a su aporte y al hecho de haber grabado completas las sonatas para piano de Beethoven, Schnabel -quien murió en 1951- acercó la posibilidad de redescubrir aquellas sonatas de Schubert que habían quedado relegadas en los repertorios mundiales. Viviana Aubele

Artur Schnabel Music Foundation

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